El muro

Viajes — Por noviembre 9, 2008 18:27

Hoy se cumple el aniversario de la caída del muro de Berlín. La pared de la vergüenza se levantó en una sola noche, la del 12 al 13 de agosto de 1961, y en una sola noche fue destruido, la del 9 a 10 de noviembre de 1989. Tenía una longitud de más de 120 km. La construcción inicial, de piezas de cemento y ladrillos de apenas un metro de altura, alambradas y vigilancia policial, fue ampliada con los años. El llamado muro de cuarta generación, que empezó a construirse en 1975, era de hormigón armado, tenía una altura de 3,6 m y estaba formado por 45.000 secciones independientes de metro y medio de longitud, esas que pintaron miles de artistas anónimos y que tras la caída han acabado en muchas partes del mundo como monumento a la locura. Además, tras la pared, la frontera estaba protegida por vallas de tela metálica, perros, cables de alarma, trincheras, alambre de espino y unas 300 torres de vigilancia, además de algunos campos de minas y piezas de disparo automático. Cerca de 200 personas se dejaron la vida por intentar cruzarlo, además de multitud de heridos, pero unas 5.000 consiguieron su objetivo.

Mi principal contacto con el muro se producía en los paseos en bici que hacía desde el barrio donde me alojaba hasta Kreuzberg, donde hacía la vida social. Para llegar hasta allí tenía que pasar por una calle de la que apenas quedaba la acera entre un solar deshabitado y la pared de cemento. Aquel descampado había sido en tiempos la sede central de la Gestapo, el lugar adonde eran llevados los prisioneros políticos de la Alemania nazi, donde eran torturados y asesinados. Así que aquel estrecho paso era toda una alegoría de la sinrazón humana. El pasillo desembocaba en el Checkpoint Charlie, el único acceso por carretera entre las dos mitades de la ciudad, controlado por los americanos.

El muro en Niederkirchnerstrasse

El paso al que me refiero es el de la izquierda, tras el muro blanco

Recuerdo un día que pasamos unos amigos a Berlín Este. Estuvimos todo el día haciendo turismo, y a volver nos pararon en aquel puesto fronterizo, en el lado comunista, nos registraron hasta los bajos del coche con espejos, el maletero y hasta debajo de los asientos, mientras a nosotros nos hacían dar la vuelta a los bolsillos. Estuvimos una hora con la sensación de que aquello no tenía mucho sentido, que en aquel Cuatro Latas no podíamos llevar a nadie escondido y que en nuestros pantalones no podían encontrar nada que les interesara. Era la rutina, supongo. Pero mi experiencia más triste fue un día paseando, cuando sin querer topé con el muro cerca del río Spree. No era difícil encontrarse con aquel monstruo en cualquier parte, pero en ese momento, por el Oberbaumbrücke, el hermoso puente neomedieval, pasaba un grupo de viejitos. Llevaban productos occidentales a sus parientes del otro lado. Y en ese momento piensas en las miles de historias que el muro cercenó: padres, hijos, hermanos, amigos, amores y amantes que quedaron a uno y otro lado, que no pudieron verse o hablarse en muchos años, que de un día para otro se encontraron en mundos distintos.

Etiquetas: , ,

No hay comentarios

    Deja un comentario