A la vejez…

Sociedad — Por agosto 30, 2010 20:19

No voy a hablar de los viejos que casi todos tenemos cerca, gente sencilla y poco dada a los excesos cuya mayor felicidad es recibir a sus hijos y nietos y homenajearles con la charla y la croqueta celestial. La charla puede ser a veces un monólogo pesado e interminable al que sólo podemos asentir resignadamente, pero la croqueta y el cariño nunca fallan. Sin embargo, me gustaría hablar de esa otra vejez asilvestrada y bullanguera que va de vacaciones del Imserso a Benidorm y acude a bailes y saraos. Mi tesis es que al desarrollar su vida social fuera del ámbito familiar, donde la máxima es la entrega desinteresada, esta otra vejez saca a la luz lo peor de la naturaleza humana. Y digo esto porque a mi experiencia personal se une ahora la de una amiga, trabajadora social, que ha comenzado su labor en un club del jubilado.

La pobre lleva veinte días y ya no puede más. Me cuenta que las hachas de guerra vuelan por la salas del local, todos tienen piques con todos; cogen los periódicos y aunque los hayan leído les dicen a los demás que no han terminado; ocupan las mesas de cartas para que otros no jueguen; hacen grupos excluyentes que se critican mutuamente y además le van con los chismes a todo el que no tenga más remedio que escuchar. Han puesto una máquina de bebidas a la que los empleados deben dedicar una buena parte de la jornada ya que los mismos que pueden hacer las más complicadas labores de ganchillo y puntocruz o jugar al mus como tahúres, son incapaces de meter la monedita y elegir un refresco. Dicen que son peores que los niños porque al egoísmo se une la malicia y la experiencia.

Uno de los actos de las fiestas de mi ciudad es una comida que se ofrece a los mayores de 65 años. La reserva se hace por orden de inscripción hasta el final de las plazas. Si han participado el año anterior sólo tienen derecho a la entrada si quedan sitios libres, así se garantiza que no coman siempre los de siempre. Esa es la teoría, y cualquier ser racional asumiría que si estuvo anteriormente tendrá que esperar a que terminen las inscripciones de los nuevos. Pero no, todos los años acuden unos cuantos intentando por todos los medios, algunos incluso no muy legales (carnets de familiares fallecidos y cosas por el estilo) obtener su ansiado pase. Primero se presentan como que no quiere la cosa. Cuando el empleado les dice que figuran en la lista y que tendrán que esperar unos días, a ver si quedan plazas, empiezan a apelar a los sentimientos del funcionario público y le mentan a la madre. Como esto no funciona empiezan a acordarse de su padre y finalmente abandonan la fila nombrando a toda la familia. Algunos incluso lo intentan más de una vez.

Pero lo peor viene el propio día de la comida. La hora de acceso al recinto suele ser la una del mediodía. Quizás alguno piense que exagero si digo que la fila empieza a formarse a las seis de la mañana y que unas horas antes de la entrada da la vuelta a la manzana. Puede que parezca que exagero todavía más si digo que el momento de la apertura de puertas es más peligroso que un encierro en Sanfermines y no hay heridos de puritito milagro. Los insultos, empujones, zancadillas y codazos son lo normal. Parece ser que necesitan coger determinados sitios. Finalmente, tras el ágape, hay baile con orquesta en directo y bebidas gratis. Y aquí se repite año tras año un extraño ritual: el señor X pide dos refrescos. Pregunta cuánto valen. Se le dice que nada. Entonces dice: “dame cuatro más”. Se le entregan los cuatro. Entonces dice: “estos cuatro no me los abras que ya lo haremos en la mesa”. Se le dice que a menos que tengan un abridor en la mesa lo va a tener difícil y se le entregan abiertos. El señor X se enfada y se va refunfuñando. Cuando todo acaba hay cientos de botellas sin beber por todo el recinto. ¿Por qué será?

Desde luego, se trata de una minoría, precisamente la que podría despertarnos más admiración, ya que no se encierra en casa y no se limita a la vida familiar. Pero a la vez es la que asalta los buffets de los hoteles como si no hubieran comido nunca o se pegan por entrar los primeros a un teatro con el asiento asignado. Y si les pides un poquito de por favor te nombran la guerra. La civil, claro.

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No hay comentarios

  1. Jujitsu-Man dice:

    Si es que hay viejetes muy “salaos”.

    A mí tu entrada me ha recordado a esta cancioncilla: http://www.youtube.com/watch?v=cN9ZOjZ5mLU

  2. Un despiadado retrato, desgraciadamente no muy alejado de la realidad.

    Y es que los viejos de hoy, con eso del cambio de su nombre a tercera, cuarta o sucesivas edades, no son como los de antes.

    Aquellos sí que tenían mala leche, y no los de ahora que son unos pejigueros amargaos, con gamberradillas de guardería.

    Salut

    Salut

    • Antton dice:

      Ni tanto que apegado a la realidad, son hechos probados. La verdad es que no sé cómo eran los viejos de antes, para mí que precisamente en todo esto tienen algo que ver las carencias de la guerra y la posguerra. Digo yo…

  3. Gildo dice:

    Jejejeje, caramba, no sabia que a mis sesenta me estaba convirtiendo en un tirano, egoista y de mala baba.
    Jejejejeje, supongo que cuando uno llega a viejo es reflejo de lo que fue en la vida, si fue un hijo put*, sera un hijo put*, y si fue un tio sano, sera en la vejez un tio sanote.
    La verdad es que a mi también me esta entrando la mala ostia, no te jode, hay quien se atreve ya a cederme el asiento en el metro…….agarrarme…. que lo mato.
    Jejejejeje, que jodido es llegar a viejo, además ya lo decia Confucio “Cuanto mas viejo, mas pendejo”.
    Salud y suerte

    • Antton dice:

      Espero que no seas de los que describo, ya digo que son una minoría, así que a menos que te sientas identificado… je je je.

      Y a los que tienen la osadía de cederte el asiento, leña al mono. Habráse visto mala educación semejante.

      Creo que lo que dijo Confucio era: “Cuanto mas viejo, mas pellejo”.

      Saludos.

  4. erprofe dice:

    Un post podría escribir yo también sobre este tema jejeje.
    Por ahora te comento:
    En el pueblo donde curro, Villaluenga de La Sagra, organizan una paella para todo el que quiera (unas 4.000 raciones preparan), por la Merced. Imaginarás los sacos de arroz, las cajas de gambas, etc. Mi mujer y yo siempre dejamos que vaya todo el mundo y esperamos a que no haya gente en la cola. Los mayores (hay que ser políticamente correcto), literalmente se pegan por un plato de la paella. Y está rica, pero vamos tampoco para eso. Empujones, gritos, hasta patadas se ven. Y si yo, con mis 140 kilos simplemente hago fuerza para que no me tiren (lo hice el primer año y nunca mais), te gritan QUÉ JUVENTUD. Algunos llevan perolas, pero de las enormes, de las de cuartel jajaja, y se llevan para toda la semana. Decir que siempre sobra un huevo de paella, como para 100 personas, pero año tras año se siguen empujando, a más de uno he visto en el suelo.

    Yo me como la paella algo pasada, pero con tranquilidad.

    Un fuerte abrazo.

    • Antton dice:

      Pues eso mismo… je je je. Yo he llegado a ver heridos (leves) por querer entrar los primeros a un teatro con las ENTRADAS NUMERADAS.

      ¿Seremos nosotros así dentro de unos años?

      Un abrazo.

      • Erprofe dice:

        Joder, si yo me vuelvo así, que alguien me pegue un tiro.
        Siempre me queda la esperanza de que no todos son así, así que imagino que tuvejes será un reflejo de cómo has sido durante toda tu vida.
        Un abrazo.

  5. josefina dice:

    jajaajjaja…….yo le digo a mi hijo lo mismo……que si ve que me pongo como su abuela, me pegue un tiro….jajaajjaja
    besossssssssssssssssss

  6. karmenjt dice:

    Deben haber sido las carencias de la guerra y posguerra, espero, porque como sea fruto de la edad vamos listos con las generaciones egoistas que se estan criando en este momento…
    De todos modos en este pais aún no se ha superado esa ansia asesina cada vez que se ofrece cualquier tipo de articulo gratis (sea comida u otra cosa). A mi me escandaliza la cantidad de comida que la gente se puede poner en la mesa en los buffets libres para luego dejarsela porque es imposible comerla toda. Como si se fuera a acabar vamos…

    • Antton dice:

      También es verdad. Me estoy acordando de un día en Valencia, en un buffet de esos que pagas un fijo y comes lo que quieras (justo frente a la Ciudad de las Artes) que uno que yo me sé no es que dejara nada en el plato, no, es que salió a puntito de reventar a base de ponerse y ponerse cosas. Pura gula.

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