Memorias de un inútil: Los comienzos
Personal — Por admin mayo 27, 2010 18:37Yo nací un día de invierno de comienzos de la década prodigiosa, que no debe su nombre al hecho de mi llegada a este mundo, sino a una serie de episodios un tanto sobrevalorados, vistos con la perspectiva que da el tiempo. No me voy a parar a relatar el entorno social y político en el que se produjo el feliz acontecimiento, pero sí diría que cualquier cosa interesante que sucediera lo hacía increíblemente lejos de las orillas del Cantábrico que me vieron nacer.
Tengo completamente olvidada mi primera infancia. Ni idea de qué pude hacer en la vida hasta más o menos los cuatro años. Pero nada, ni un triste recuerdo, ni una miserable anécdota que me haga dudar de que en realidad ya salí del vientre de mi madre con los dientes de leche y sabiendo hablar. Lo primero que me viene a la mente es el terrible trauma de mi primer día de colegio. Ahora que lo pienso, cuatro años es un poco tarde para empezar al colegio, pero supongo que era lo normal en aquel momento, dejémoslo así. El caso es que me veo en la cocina de casa aquella mañana como si fuera ayer. Normalmente el desayuno consistía en sopas o galletas. Las sopas, -los de mi generación se acordarán-, eran migas de pan del día anterior en un tazón de café o cacao. Las odiaba: el líquido caliente las ablandaba hasta quedar en una masa informe y asquerosa. Desde entonces no soporto las cosas blandas y asquerosas. Por eso creo que aquel día me dieron galletas, porque había que intentar aplacar mi llanto como fuera. Es que empecé a llorar cuando me despertaron aquella mañana, seguí llorando mientras me vestía mi madre, lloraba al desayunar y durante todo el camino a la escuela y no paré hasta bien entrado el mediodía. Supongo que todos tenemos marcado un destino en la vida y mi inutilidad ya quedaba reflejada desde el primer momento en forma de aversión a cualquier tipo de obligación que se me presentara. Pero mi madre es una mujer de carácter y me llevó arrastrando todo el camino, desde la cocina de casa, donde me arrancó de la silla a la que me aferraba, por las escaleras de los cuatro pisos, dando la vuelta a la manzana, parados en la carretera general donde un municipal con salacot, -al que yo miraba suplicante-, dirigía el tráfico, hasta llegar a la escuela donde me soltó aliviada.
Al decir escuela creo que he sido demasiado benévolo. En realidad era una academia más o menos legal que regentaba la señora Carmina, amiga de mi madre, en un piso al otro lado del río. Y de repente, me encontré con que debía ir todos los días a esa región desconocida donde nos reuníamos unos cuantos niños para aprender a hacer palotes. Después llegaron las primeras sumas y restas y puede que las primeras canciones de la tabla de multiplicar. Decidí entonces hacerme el sueco y dedicar el mínimo esfuerzo posible a todas esas enseñanzas, sin destacar tampoco por tonto, no fuera a ser que hubiera algún tipo de mención a la estupidez y yo me llevara el premio. Y casi sin darme cuenta fui saliendo de mi paraíso particular y entrando sin ganas en el mundo real. Es que la vida nos saca del vientre materno sin pedir permiso, nos mantiene felices el tiempo de comer, dormir, llorar y cagar, para poco a poco ir haciéndonos la puñeta con obligaciones y deberes. En aquel momento de asombro y confusión decidí ser definitivamente un inútil, pasar por la vida sin pena ni gloria, pero con el mínimo esfuerzo posible. Sin embargo esto fue difícil de cumplir cuando me hicieron dar el siguiente paso irremediable un tiempo después: Ingresar en el colegio del Sagrado Corazón, de los hermanos del Sagrado Corazón, orden fundada por el Hermano Policarpo, al que no sé por qué razón aún no han hecho santo, a pesar de todos los rezos y novenas que tuvimos que dedicar a su beatificación.
Próximo capítulo: Con flores a María
Nota: Los personajes y situaciones de este relato son ficticias, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Etiquetas: enseñanza, infancia, vivencias

No hay comentarios
Espero que retomes la serie para continuarla. Me gustó la primera vez que la leí y me ha vuelto a gustar ahora. La historia tiene el punto justo de ironía y ternura, ni demasiado ácida ni demasiado empalagosa. Muy bien contado, besitos!!
.-= cristina en su blog… MIS DIEZ MEJORES BSO’s =-.
Me alegro de que te guste, maja. Lo estoy puliendo un poco y espero contunuar.
Muxu.
Estas memorias de un inútil ¿no las leí antes?
Parece ser que somos dos inútiles de la misma época.
¿Empezar a los 4 era tarde en la década prodigiosa ibérica? Yo empecé a los 6 porque no había Dios que me hiciera quedarme en la escuela infantil (tampoco en la primaria, pero no había otra). Lloré para ir al cole hasta los 9 años (Eso sí es ser inútil)
Pues posiblemente las leíste, es de los tiempos de La Comu. Digo lo de empezar tarde porque, si no me equivoco, los niños ahora empiezan a los 3 años.
Je je je, no sabía que eras tan llorona. Bueno, mmmm, ahora que lo pienso…
Joe… pues yo empecé a los 3 años y creo que somos de la misma quinta. Cagüen!
Me apunto a seguir tus aventuras y desventuras. Que en la Comu, llegué tarde y ya ibas por el capítulo taitantos…
Muxus, so llorón, ja ja ja… ande s’ha visto, montar esos pollos pa ir al cole
Así me gusta, que te apuntes, aunque sea a un bombardeo, je je je.
Je, je, recuerdo este post…Las sopas, puagghhh… Yo le rezaba mucho al Hermano Benildo, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle (dios los cofunda), aunque a este sí que lo beatificaron…
Se ve que tenía más enchufe que el pobre Policarpo…
Sí, es lo malo de republicar, que los comentarios también se republican, jijijijiji.
Perrete…