Memorias de un inútil 4. El ovni
Personal — Por admin septiembre 2, 2010 12:08La inutilidad cuando verdaderamente se demuestra es en los momentos trascendentales de la vida y aquel, sin duda, fue uno de ellos. Si uno no deja escapar la oportunidad, puede suponer un cambio radical del destino o como en mi caso, pasar completamente sin pena ni gloria gracias a mi estupidez congénita. Empezaré desde el principio: Mis padres y sus amigos decidieron comprar entre todos una vieja casa de campo con la intención de reformarla y poder pasar allí los veranos y otras jornadas de asueto.
Aquello era el paraíso para el montón de mocosos que formábamos el rebaño de aquella cuadrilla: una casa enorme, llena de rincones por explorar; una piscina para nosotros solos, o un mar lleno de piratas, según lo viéramos; un pajar al otro lado del mar, que se convertía en el castillo donde los malos encerraban a la princesa de turno; unas pequeñas colinas artificiales a un lado, formadas por la tierra que habían sacado al hacer la piscina, que ya podían ser las montañas azules de los peligrosos tuaregs o la cordillera sagrada de los malvados apaches; la casa del guarda, un laberinto oscuro repleto de monstruos y un montón de sitios más por descubrir. Porque más que una casa aquello podía haber sido una antigua alquería y la parte que habitábamos era bastante menor que la que dejaron sin tocar. Además, estaba a 2 Km del pueblo más cercano, rodeado de campos y de pinares, por lo que los chavales nos movíamos a nuestras anchas sin más peligro que el de algún tractor que pudiera pasar de vez en cuando y en los años 70 todavía no había muchos.
Pero allí no todo era juego y diversión. En realidad la casa la fueron reformando poco a poco, año a año y, sobre todo al principio, nos tocaba currar hasta a los niños. Uno de los grandes problemas era que todo lo que rodeaba la piscina era un pedregal, así que a las primeras de cambio nos ponían a recoger pedruscos para que algún día allí se pudiera plantar algo parecido al césped. Alguien tenía que haber caído en la cuenta de que no se puede dejar a un inútil con una azada en la mano dando mandobles a diestro y siniestro para escarbar la tierra y mucho menos rodeado de inocentes infantes agachados en el suelo. Yo, feliz y entusiasmado, iba imitando a un recio campesino, levantando cada vez más alto el apero de labranza, para coger impulso y hundirlo más profundamente con cada golpe. Pero ¡ay! en una de esas toqué en blando: le dí un azadazo a mi hermano el pequeño. El muy inútil, en vez de quedarse quieto esperando el socorro, salió corriendo y gritando como un poseso, salpicando sangre por todas partes. Cuando por fin le atraparon, le llevaron al hospital, le dieron unos cuantos puntos y pelillos a la mar. A mí nunca más me dejaron coger una herramienta, de lo que se deriva desde entonces mi nula habilidad para el bricolaje casero. Creo que él no me guarda rencor.
Pero el gran acontecimiento de aquellos años fue el que esbozaba al comienzo: Era una noche oscura… Ya habíamos cenado y nos encontrábamos fuera del recinto de la casa, al pie de la cordillera sagrada de los apaches. Yo estaba agazapado en un recoveco preparando una emboscada a los imbéciles del 7º de caballería cuando se oyó un grito en la oscuridad. “Deben estar secuestrando a la chica”, pensé, hasta que caí en la cuenta de que era a mí, como malvado indio, al que correspondía la tarea de los secuestros varios. Se oyeron más gritos, parecía que me llamaban: “¡¡Corre ven, mira!!!”. “Será una trampa seguro” -pensé yo- “si salgo dirán que he perdido y no soy tan tonto, je je je…” Pero los gritos seguían, así que al cabo de un rato salí impaciente de mi escondite y me dirigí hacia el grupo. Todos parecían alucinados, mirando al cielo, con los brazos levantados y apuntando hacia arriba con el dedo, pero cuando fui a mirar, me tropecé con algo y caí de morros sobre el camino polvoriento. Entonces lo oí: ¡¡Un OVNI, eso es un OVNI!! Miré por fin hacia arriba desde el suelo y vi una bola de luz naranja que se alejaba a toda velocidad. “Se ha posado encima nuestro”, dijo alguien. “La hemos tenido muy cerca”, dijo otro. Todos estaban nerviosos y entusiasmados, menos yo, claro. Lo malo es que no podía negarlo, algo había visto, pero aquel halo místico que tenían mis amigos en aquel momento, aquella iluminación espiritual, aquella sonrisa boba, me la había perdido, por inútil.
Nunca sabré qué paso realmente, pero volvimos a la casa y todos empezaron a contar a su manera aquella experiencia extrasensorial. Nuestros padres seguramente pensaron que nos había traicionado la imaginación, sin darse cuenta de que el destino de sus retoños había quedado marcado para siempre. Ellos ya tenían bastante con matar bichos comestibles, que luego asaban al sarmiento mientras le daban al pimple, y montar fiestas nocturnas después de mandarnos a la cama, pensando que no nos enterábamos de sus juergas. Para qué querían más. Eran felices.
Pero de los que fueron testigos directos de aquel acontecimiento, alguno acabó en la India y se hizo discípulo del Maharishi Baba. Creo que va por ahí cantando mantras y repartiendo pastelitos. Otra se hizo carmelita descalza y parece que desde entonces vive sin vivir en ella. A mi hermano el pequeño, ya bastante trastornado por el azadazo, le dio por la escalada mística hasta que encontró una cueva desde donde se dedica a predicar la buena nueva. De vez en cuando le visito y su mayor alegría es que le lleve libros de J.J. Benítez. Otra terminó en una comuna hippy en Ibiza y se ha hecho rica vendiendo amuletos mágicos de diseño. Mi amigo Iñaki fue uno de los que con mayor serenidad ha sobrellevado la experiencia, aunque creo que le da por aullar un poquito en las noches de luna llena. Sin embargo yo, perdí una vez más la ocasión de destacar en algo en esta vida. En vez de ser iluminado por la bola naranja, lo único que conseguí fue comer cierta cantidad de mierda del suelo, un rasponazo en cada rodilla, de los que pican, y la sensación de que mi destino de mediocre estaba escrito en las estrellas.
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Etiquetas: infancia, juegos, vivencias

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A mí me pasa igual siempre, cuando pasan las cosas interesantes nunca estoy mirando.
Pues ya somos dos
Lo dices en serio o solamente es una “fábula”. Porque de ser cierto menuda comedura de tarro pensando que podría ser ¿no?
Un abrazo.
Hombre, lo del último párrafo es broma, pero lo de la bola de luz naranja es totalmente cierto, y que casi me lo pierdo, también.